
La gran fiesta de la democracia regresa a los Estados Unidos. Los ciudadanos del país más poderoso del planeta Tierra van a escoger al próximo presidente entre dos alternativas muy diferentes. John McCain, candidato republicano, es el perdedor según todos los sondeos. Pesan en su contra muchas de las decisiones erróneas de la política internacional de George W. Bush, muy en especial su entrada en la guerra de Irak en una búsqueda infructuosa de unas armas de destrucción masiva que se demostraron inexistentes. Y, por si ello fuera poco, se le ha sumado una galopante crisis económica coincidente bajo gobierno del partido del elefante.
Del otro lado se presenta el joven senador de Illinois Barack Obama, un mestizo que ha aportado aire fresco a la política estadounidense, desbancando en las primarias demócratas a Hillary Clinton y poniendo sobre la mesa una oratoria atrayente y una campaña incluso en internet con una planificación y un desarrollo impecable. Otro asunto es lo que pueda o vaya a hacer si consigue hacerse con la presidencia de EE UU. En su contra pesa el hecho de la raza, algo que podría desencadenar el indeseable efecto del voto racista oculto en todas las encuestas.
Sea cual sea el nuevo inquilino de la Casa Blanca, no caben esperar grandes modificaciones de la política exterior. Y, aunque las relaciones con el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero podrían suavizarse y no permanecer en la nulidad absoluta, la recomposición del roto y descosido será algo que va a llevar un tiempo. Para la mayoría de los ciudadanos norteamericanos resulta un perfecto desconocido y, pese a que somos aliados, muchos no olvidan desplantes a su bandera. Por desgracia, quien ha pagado el pato ha sido España y no el ínclito ZP. Tras el primer martes después del primer lunes de noviembre de 2008, habremos despejado ya la incógnita y sabremos, más o menos, por que derroteros irá la política en la primera superpottencia mundial.
Antoni Martín
